El físico teórico más célebre de esta época, la mente que viajó a través del tiempo y el espacio para buscar una teoría del todo, ayer abandonó su prisión corporal a los 76 años.

Stephen Hawking, quien desde los 21 años padecía de esclerosis lateral amiotrófica, nunca permitió que la inmovilidad y el grave atrofiamiento de su cuerpo le impidieran explorar los misterios del universo. “Aunque no puedo moverme y tengo que hablar a través de una computadora, en mi mente soy libre”, comentaba sobre su condición física.

Hawking fue el líder de su generación en la exploración de la gravedad y las propiedades de los agujeros negros, esos pozos gravitacionales sin fondo que son tan profundos y densos que ni siquiera la luz puede escapar de ellos. “Si enviamos a alguien a saltar a un agujero negro, ni él ni sus átomos constituyentes volverán, pero su masa-energía sí regresará. Tal vez eso se aplica a todo el universo”, solía decir.

Pese a sus limitaciones físicas, Hawking siempre intentó divulgar sus conocimientos al público. Fruto de ese afán son los libros Breve historia del tiempo y El universo en una cáscara de nuez, grandes éxitos editoriales en los que explica con maestría algunos conceptos difíciles como la supergravedad y la posibilidad de un universo de once dimensiones.

“Mi objetivo es simple. Es la comprensión total del universo, por qué es como es y por qué existe”, así definía el espíritu de su búsqueda intelectual que lo llevó a forjar un legado que perdurará en las próximas generaciones de científicos.